La verdad tiene muchas caras

Autor: Innovate Senior 5.0

Publicado: 9 Jul, 2022

“Es que la verdad no es una, ni es absoluta” mencionó recientemente un prestigio periodista refiriéndose al informe sobre la comisión de La Verdad. Y tiene mucha razón.  Desde que los hombres determinaron que la mejor manera de resolver sus diferencias era matándose entre ellos, cada uno invocó una verdad diferente para poder justificar ante él y ante los demás la decisión de su actuar.  La invasión de Rusia a Ucrania es un buen ejemplo. Zelenski invocó el derecho soberano de acercarse a la Unión Europea, Putin por supuesto no lo vio con buenos ojos, pues su verdad es que Rusia y Ucrania son pueblos hermanos y sólo se le ocurrió agredir brutalmente a sus propios hermanos, agresión que afecta la vida de miles de civiles ajenos al conflicto sin contar con las vidas entregadas por los soldados cuya sangre tiene el mismo origen.

Las verdades de los actores del eterno conflicto colombiano son también diferentes. Pudiendo el origen remoto, tener motivos loables como el abandono del estado a los sectores más desprotegidos, el camino de la guerra no era el correcto pues el precio más alto lo  terminó pagando la población civil que no solo fue y continua siendo víctima de las injusticias cometidas por un estado que no llego eficazmente para resolverlas y por una sociedad que olvidó a los más necesitados y por una clase política paquidérmica que no logró ponerse de acuerdo en las prioridades de su agenda para evitar que precisamente los más desprotegidos no tuvieran que aportar la cuota más alta del proceso:  la vida de cientos de miles de familias inermes que fueron brutalmente masacradas en regiones remotas muy lejanas a la relativa comodidad de la población civil urbana.  Adjetivos sobran, pero las atrocidades que se cometieron, no pueden quedar impunes ni en el olvido, con un informe de cientos de páginas, ni con un acuerdo de paz forzado, y cuestionado por la otra mitad de los colombianos.

Bien vale la pena desafiar el papel que ha jugado la población civil, no necesariamente con el silencio. Pues aparentemente para protestar y tirar piedra somos muy buenos, sino con su paupérrima actuación y aporte tangible frente a las necesidades palpables de los más desprotegidos.  Es evidente que no existe un compromiso concreto frente al origen real del conflicto. De hecho muchos colombianos han dado la espalda cobardemente a la desigualdad social y omitieron involucrarse con hechos, más allá de promesas, palabras y adjudicación de culpas.  Ni se diga la responsabilidad de los sectores económicos, comerciales y financieros que, defendiendo su propia verdad parecen refugiarse en su interés particular, es decir, el de sus utilidades monetarias.

Razones pues sobran para responder a la pregunta: ¿Cómo nos atrevimos a permitir que pasara?  Probablemente tendremos que continuar haciéndola mientras no se resuelvan los problemas de fondo: la corrupción, los intereses ocultos del narcotráfico, la incoherencia de la clase política que maneja sus propias verdades y desdibujó la agenda de prioridades.