¿Qué he aprendido de San Andrés? (1)

Autor: Vicente Emilio Cálad Rendón

Publicado: 2 Feb, 2023

Para Innovate Senior, desarrollar una de nuestras actividades profesionales, al servicio de una reconocida empresa, de esta maravillosa isla, ha resultado ser una experiencia excepcional al entrar en contacto con la historia y la cultura que le son propias, y que merecen ser reconocidas; esa compleja mezcla de raizales, colonizadores, empresarios agrega valor a su desarrollo e historia.

Ampliar y entender algunos “por qué” dentro de los que se enmarca lo social, lo político, y en nuestro caso, lo laboral de esta bella Isla, se convierte para Innovate Senior en un elemento de respeto multicultural, donde identificamos aprendizajes, que le han permitido el éxito a organizaciones familiares, que vienen desarrollando sus actividades comerciales, en el único departamento del país sin territorio continental, desde hace  medio siglo.

Para contextualizar este blog, se requiere entonces partir de lo que investigadores como Catherine Coquery-Vidrovitch, Éric Mesnard y Adolfo Fernández Marugán, en su libro Ser esclavo en África y América entre los siglos XV y XIX (Madrid: Los Libros de la Catarata, 2015) aportan a este constructo de información, el reconocer categorías sociológicas, antropológicas e históricas que se remontan a los inmigrantes esclavos africanos, judíos, sefardíes, mizrahíes, askenazíes, que salieron desde distintos lugares hacia numerosos destinos, casi siempre más allá del Atlántico, cuyo afán era buscar mejores oportunidades para satisfacer sus necesidades y aspiraciones.

Para remontarnos a los primeros habitantes de la Isla, hay que referirse  a la comunidad raizal de San Andrés, cuyos ancestros fueron tanto africanos/as esclavizados/as, como europeos, y en algunos casos grupos indígenas del llamado “nuevo” continente con una lengua nativa, el creole sanandresano (afro-anglo descendientes, mayoritariamente protestantes, angloparlantes y de lengua criolla de base inglesa), que se desarrolló en un proceso histórico de migraciones y colonizaciones de este territorio caribeño, con grandes implicaciones en la cultura, la política, la educación de los habitantes de la Isla, elemento que hace parte de la identidad étnica y cultural de sus habitantes, que han manteniendo sus lenguas, creencias y organizaciones sociales, tal vez, como un acto de resistencia cultural.

Tras la abolición de la esclavitud (Colombia 1851) ellos heredarían las tierras de sus amos, sus nombres, su lengua y la importancia cultural de un pasado inglés y una forma particular de espiritualidad, que vino a ser reforzado posteriormente por la presencia de la iglesia Bautista -asentada en la Isla desde 1845- y por misiones religiosas de Adventistas y Católicos que se encargarían de la educación durante un largo período y, posteriormente, la educación privada, al abrigo de iglesias y misiones, respondería a las expectativas del grupo étnico, para quienes la educación era la virtud que daba fundamento a la respetabilidad.

Habiendo habitado las islas por más de tres siglos, es un hecho que los residentes mantienen, hoy por hoy, creencias, valores, prácticas, ritos, dinámicas sociales y familiares, lengua, e inclusive rasgos, que los distingue de otros grupos humanos, con quienes comparten su territorio y su cotidianidad (San Miguel, 2006a, p. 80-81), y que hacen que desde el interior del país, sean percibidos como una cultura laboral con  características propias y diferentes.

Como resultado de lo anterior y al iniciarse la colonización por parte de quienes migraron del interior del país hacia la Isla, hecho que fue visto quizá como patrón de dominación, se configuró una organización racial del trabajo, que permite soportar el sistema capitalista. Su incidencia también es evidente en las clasificaciones raciales que se desarrollaron durante las épocas de la colonia y que establecieron relaciones de poder basadas en la dominación, el control y la explotación étnico-social, que podemos aún observar en los sistemas actuales de interacción de la Isla.

Resulta también interesante observar que la relación de coexistencia entre el español y el inglés con una lengua nativa, el creole, a mi modo de ver, en lugar de presentarse como una ventaja o como una fortaleza para el contexto, se configura más bien como un punto de conflicto entre los habitantes de la Isla (San Miguel, 2012), y se percibe como una dificultad a la hora de construir políticas lingüísticas, a tal punto que quienes quieren trabajar hoy en algunos cargos del sector público, deben estar instruidos y sostener conversaciones en creole.

Dicha experiencia no es solo de San Andrés, por ejemplo, en Canadá después de muchas disputas entre los anglosajones y los francófonos, se decidió que toda persona que quiera ejercer un cargo público tiene que dominar las dos lenguas; de esa forma se solucionó este escollo de las lenguas. Además, diría que esa condición es una oportunidad para que la gente se identifique más con sus raíces, y experimente la ventaja de ser “bilingüe”.

Se conjugan entonces aspectos de la colonia con las diversas enseñanzas ancestrales, que según calificación de Walsh, (2003) resultan des-incorporados y des-localizados, al invisibilizar algunas raíces culturales que conducen a un choque, que hoy por hoy merece ser entendido para dar respuesta a las necesidades de generaciones posteriores a aquellas que poblaron la isla desde sus actividades industriales y comerciales.

En nuestra próxima entrega el valor de la confianza que viene con el ADN de los raizales, que ahora mezclado con nuevas relaciones en las nuevas generaciones, debe elevar la sustentabilidad de las familias y organizaciones que desde hace medio siglo han generado valor al ahora departamento archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina como distrito especial, turístico, biodiverso, financiero y cultural.